De Carlos Marcucci
Hace un tiempo leí un comentario de Umberto Eco en el que afirmaba que no es la televisión la que le hace mal a la gente, sino que la gente le hace mal a la televisión.
La televisión tiene una intención y una estética particular y franca, y en esa medida sería bueno respetarla y juzgarla por lo que es y no por lo que uno desea que ella sea.
Versátil, fragmentada, díscola, mentirosa, auténtica, tonta, inteligente, multiprocesadora de infinitos géneros, abierta a los formatos más insospechables a través del cable o la codificación. Manipuladora, reticente o expansiva, totalizadora a partir del satélite, repetidora de algunos modelos y destrozadora de otros, dependiente en los canales de aire del parpadeo de la publicidad, la televisión es un electrodoméstico más, presente en casi todos los hogares.
Su misión es bastante obvia: darle fútbol a los que deseen fútbol, comedias blancas a los románticos, pavorosos incendios a los piromaníacos, programas pasatistas a los que se aburren, o frivolidades a los amantes de la vida simple. Hay de todo y para todos, hasta produce la ilusoria sensación de cumplir con el tan ansiado deseo de justicia social, igualando en un mismo acto a pobres y ricos, débiles y poderosos.
Libro de lectura de los niños actuales, pizarrón de la educación a distancia, la televisión -según algunos- ocupa nueve años de nuestra vida, si se tiene la suerte de llegar a mi edad. Si un televidente promedio se pasa tres horas diarias frente a la pantalla, habría que preguntarse entonces, ¿quién lo obliga a hacerlo?, ya que la supuesta esclavitud a la que lo sometería el medio termina con el solo acto de apretar un botón.
La televisión es inocente de cualquier cargo que se le impute, no pervierte a nadie, no idiotiza a nadie que no quiera dejarse idiotizar. Como dice un antiguo proverbio chino: "No es el vino el que emborracha a alguien, sino la persona es la que se emborracha". Más aún, la televisión no convence a ningún receptor de lo que este no esté dispuesto a aceptar. Ella volcará toda la información sobre las andanzas y desventuras de Woody Allen, mientras quienes lo consideren un perverso o un santo seguirán inamovibles en sus creencias.
Hay dos realidades que se entrecruzan en el ambiente de la televisión: en una se ejecuta un concierto, se pronuncia un discurso, se comete un crimen, se representa una obra de teatro, se realizan ritos religiosos, en fin, se consumen y se producen los casi infinitos actos de la vida. En la otra se encuadran, se enfocan, se enmarcan, y luego se procesan y se proyectan esos actos hacia la sociedad que los provocó. ¿Qué es aquello que la televisión puede hacer por sí sola que la red social no haya construido antes? Por ejemplo, el chico que contesta equivocadamente en un programa de televisión es un producto de la educación y no de la televisión, la noticia distorsionada es un producto de la manipulación de los operadores políticos, los malos periodistas o los llamados líderes de opinión, pero no una versión autónoma de la televisión.
El rating es fruto de una decisión colectiva y a la vez individual. No hay ninguna confabulación siniestra que nos obligue a mirar el peor de los programas, hay infinidad de caminos por tomar antes de hacerlo: leer, tejer, hablar con los hijos, hacer uno de los tantos cursos para gente aburrida, mirar hacia el techo o participar en acciones de cambio.
No hay objetividad ni subjetividad definidas en la emisión y la recepción de un mensaje televisivo, hay en todo caso una coincidencia, una mezcla de ambas cosas en un interjuego que no es ni fatal ni pecaminoso, es simplemente la posibilidad de un ejercicio de libertades. La libertad de comunicar del emisor y la libertad de atender a ese mensaje o hacerse el distraído por parte del receptor.
Es bueno, entonces, explicar por qué la gente le hace mal a la televisión: porque le da rating a los malos programas, porque además la metaforiza, la confunde con la realidad y, al tomar lo ilusorio como real, la gente le hace, además, mal a la gente con su indiferencia, con su individualismo, bajando los brazos para dejar de luchar en el mundo real, que es difícil de controlar y que, como todos sabemos, no cambia ni desaparece con solo apretar un inocente botón.
Extraído para uso escolar: https://www.mendoza.edu.ar/wp-content/uploads/2017/05/5.-Textos-para-2do-y-3er-a%C3%B1o.-Departamental-2017.pdf
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